En el interior del Paraguay, país enclavado en el corazón de Sudamérica, donde cunde la pobreza, una activista social de espíritu emprendedor descubrió una forma de aprovechar desechos vegetales. Elsa Zaldívar, cuyo empeño de larga data por ayudar a los pobres y, a la vez, proteger el medio ambiente le ha valido un gran respeto en su tierra natal, encontró la manera de mezclar la lufa (una especie de pepino que se seca para producir esponjas que se usan como exfoliante) con plásticos reciclados para fabricar placas resistentes y livianas. Estas últimas pueden utilizarse tanto en la construcción de muebles como de viviendas y, además, son aislantes de ruido y temperatura. Cabe señalar que entre 300.000 y 400.000 familias paraguayas carecen de una vivienda digna.

Elsa Zaldívar nació en Asunción, la capital del país, durante el régimen represor de Alfredo Stroessner que duró 35 años. Hija de una artista y un dirigente político muy comprometido y acérrimo opositor de la dictadura militar, Zaldívar heredó la pasión de ambos por el cambio y empezó a participar en programas sociales y a trabajar con los pobres de su comunidad. En su juventud participó en diversas organizaciones, se diplomó en Comunicación Social y desde 1992 trabaja en una organización no gubernamental que obra por el desarrollo rural en Caaguazú, región esquilmada por la deforestación incontrolada durante más de cuatro décadas. Rápidamente, su trabajo le permitió constatar que un simple cambio puede transformar la vida de la gente.

“Con la participación de las mujeres hicimos un pequeño proyecto en una comunidad para construir baños sanitarios, porque la mayoría de la gente tenía sólo letrinas, y también construimos fogones para que las mujeres pudieran cocinar. Fue impresionante como esta pequeña acción cambió la vida de las mujeres. Me decían: ‘Ahora nos sentimos personas dignas’. Fue sólo el resultado de tener un baño cerca o dentro de la casa y no una letrina a 100 metros, o de poder cocinar en un fogón y no en el suelo”, cuenta Zaldívar.

Entonces, decidió que la manera más efectiva de mejorar la vida de las campesinas era aumentar su capacidad de generar ingresos. La economía de la zona se había deteriorado por el derrumbe del algodón y la expansión de la soja, cultivo desastroso para el medio ambiente que además de contaminar el suelo, expulsa a las familias campesinas de sus tierras y no genera empleo. Tras interesarse por la lufa – que en los patios de Paraguay crecía sin necesidad de cultivarla pero que estaba desapareciendo – Zaldívar convenció a las mujeres de Caaguazú de iniciar un proceso de rescate y cultivo de la lufa con intención de convertirlo en un rubro que les generara ingresos.

Si se cosecha antes de que madure completamente, la lufa se puede comer, pero las mujeres con quienes colabora Zaldívar dejan madurar el fruto para luego secarlo y manufacturarlo. Su ardua labor confirió una ventaja competitiva al producto respecto a los fabricados con lufa de China y otros países debido a la calidad de la fibra y la producción agroecológica. Estas mujeres, que se organizaron en una cooperativa, venden la esponja de lufa como producto de cosmética; también la usan para fabricar tapetes, zapatillas, plantillas y muchos otros productos que se exportan a mercados tan lejanos como los de Europa. Los ingresos de todas ellas aumentaron y el éxito de la empresa fue apreciado por defensores del medio ambiente y otros grupos. Poco a poco, consiguieron ganarse el respeto incluso de los hombres del lugar que al principio se burlaban del proyecto pues “les parecía que era sólo cosa de mujeres sin posibilidades de éxito”.

Zaldívar escribió un manual de cultivo de la lufa para divulgarlo en otras regiones. En 2001, se le otorgó una beca Ashoka para continuar su labor de capacitación de mujeres rurales, promoción del cultivo de esponjas vegetales y asesoramiento para la formación de una microempresa campesina de carácter asociativo.

Aun así, el éxito de la cooperativa no satisfacía plenamente a Zaldívar porque a pesar de los esfuerzos de las mujeres para que sus cultivos fueran de alta calidad, alrededor de un tercio de la lufa que producían era de calidad inferior y no podía exportarse. Por otra parte, durante la manufactura se desechaba otro 30 por ciento del material esponjoso que se destina a los productos acabados. Con la firme intención de encontrar un mercado para esos desechos, Zaldívar formó equipo con Pedro Padrós, ingeniero industrial, a fin de buscar la manera de aprovechar ese material vegetal en la fabricación de placas baratas que pudieran utilizarse en paredes y techos para construir viviendas económicas. Se había percatado de que si el primer paso para mejorar la vida de los pobres era aumentar sus ingresos, el siguiente consistía en ayudarles a procurarse una vivienda digna, lo que elevaría considerablemente su nivel de vida. Zaldívar estaba muy entusiasmada pero para su desilusión, los primeros intentos de mezclar la lufa con distintos tipos de cola no dieron los resultados esperados, sobre todo, por el alto costo.

Entonces, a Padrós se le ocurrió probar con plásticos reciclados e inventó una máquina que mezcla tres tipos de esos plásticos y luego combina el líquido resultante con fibras de lufa y otros elementos vegetales como tela de algodón y hojas de maíz picadas. Tras centenares de pruebas, se empezó a obtener un producto viable. Con ayuda de la Secretaría del Ambiente de Paraguay y Base ECTA institución que dirige Zaldívar, obtuvo una subvención del Banco Interamericano de Desarrollo para construir el prototipo de la máquina para fabricar las placas.

Combinando una unidad de fusión, mezcla, extrusión, de secado y corte, dicha máquina produce en una hora, una placa de medio metro de ancho por 120 metros de largo. En función de la mezcla exacta de fibras y plásticos, así como del espesor de la placa, la flexibilidad, el peso y las calidades de aislamiento del compuesto pueden variar para adaptarlo a las distintas necesidades de la construcción. Durante la fabricación también se puede colorear la mezcla para que una vez terminada la construcción no haya que pintar las paredes, lo que permite al propietario de la vivienda ahorrar tiempo y dinero. Padrós explica que se puede obtener una resistencia aún mayor utilizando un panal o relleno de tierra y vegetales para crear un sándwich de dos placas.

Las placas fabricadas con este compuesto son más fáciles de manejar que el ladrillo o la madera de obra y mucho mejores que los materiales tradicionales en caso de terremoto u otros desastres naturales. Combinada con conectores de metal especiales, “dobla pero no se rompe”, afirma Padrós y añade que si una casa llegara a venirse abajo, hay muchas más probabilidades de sobrevivir si las paredes son más livianas que aquellas construidas con materiales convencionales. Además, el uso de estas placas contribuirá a conservar los bosques del país. “Estamos haciendo uso de fibras que son completamente renovables, así que podemos dejar de usar madera en la construcción, algo muy importante en Paraguay ya que hemos reducido nuestro bosque original al menos de 5% del territorio nacional”, señala Zaldívar y agrega: “Se nos están acabando los árboles.”

Mientras Padrós sigue perfeccionando el diseño de la máquina de fabricar placas, con el dinero del Premio Rolex otorgado a Zaldívar se financiará el diseño y la construcción de prototipos de viviendas, así como la capacitación de comunidades urbanas y rurales en materia de autoconstrucción “Tenemos una clara demanda, pero antes de proceder más tenemos que controlar mejor ciertas partes del proceso de manera que podamos garantizar la calidad del producto. Queremos poder decir con certeza, por ejemplo, cual va a ser la duración de los paneles”, señala Zaldívar.

Las mejoras del diseño también abarataron el costo. En un principio, fabricar un metro cuadrado de placas costaba alrededor de seis dólares pero esa cifra ya se redujo a la mitad, lo que hace que el precio sea competitivo respecto al de otros materiales de construcción como la madera. Zaldívar prevé que el precio seguirá bajando a medida que los experimentos vayan avanzando. Aunque entabló conversaciones con varias empresas interesadas en la explotación comercial de las placas, su meta principal sigue siendo ofrecer material barato a quienes más lo necesitan.

Zaldívar considera que combinando las placas con otros materiales locales como el bambú y el adobe, las familias pobres de las zonas rurales podrán construir su propia vivienda simple en tres o cuatro días. Incluso aquellos residentes de zonas urbanas que tienen acceso a créditos subsidiados y otra asistencia estatal podrán utilizar las placas para construirse viviendas dignas.

El éxito del proyecto es fruto de esa conjugación incomparable de las competencias técnicas de Padrós y la inventiva con que Zaldívar creó un sistema integral de cultivo, reciclado, producción y distribución. Cabe señalar que no sólo se trabajará con las productoras de lufa sino también con recicladores de zonas urbanas para garantizar el flujo apropiado de plástico y con grupos de mujeres que aseguren, por ejemplo, el aprovisionamiento de las toneladas de hojas de maíz que se necesitan, materias que de otro modo irían a parar a los vertederos. Además, se piensa incluir a mujeres indígenas que podrán proveer fibras de la palma caranday que abunda en la zona del chaco paraguayo.

Padrós puntualiza que las placas fueron diseñadas de manera que no generen desperdicios ya que cuando se gastan o se rompen, se les tritura para volver a reciclarlas en nuevas placas. Este procedimiento puede repetirse varias veces hasta que el compuesto contiene un gran porcentaje de fibras vegetales, pero Padrós explica que en ese caso, la mezcla puede servir de combustible de alta energía, lo que implica que los plásticos reciclados que se usan en la mezcla inicial deban seleccionarse cuidadosamente para garantizar que puedan quemarse sin que produzcan humos tóxicos.

Los paraguayos celebran la fabricación de estas placas. Gustavo Candia, consultor paraguayo en materia de buen gobierno y reducción de la pobreza que trabaja en la Gesellschaft für Technische Zusammenarbeit (GTZ), organización de desarrollo alemana, considera que la iniciativa de Zaldívar facilita “la participación de los productores primarios en el valor agregado de sus productos”, logro notable para los agricultores rurales pobres. “Elsa reafirma con su proyecto que en Paraguay con empeño, y reflexión se pueden producir impactos socioeconómicos en sectores generalmente excluidos de las rutas económicas”, afirma Candia.

Una vez que Zaldívar y Padrós hayan terminado la etapa de experimentación de la máquina, el dinero del Premio Rolex se destinará a la construcción de tres modelos de vivienda y la capacitación en autoconstrucción –para mostrar la versatilidad de las placas a colectividades rurales y urbanas– así como a la realización de un vídeo para dar a conocer el proyecto a personas interesadas en aplicar técnicas similares en otros países.

El interior de Paraguay, esquilmado por la deforestación, fue el lugar que Zaldívar eligió en un principio para construir viviendas económicas y lo sigue siendo. “Queremos encontrar alternativas sostenibles de viviendas para los pobres y a la vez descubrir nuevos mercados para sus productos agrícolas, en particular, la lufa. Esto nos da una combinación perfecta”, concluye.

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