Atrapadas en la ciudad, por qué el urbanismo actual sigue fallándole a las mujeres
La experiencia cotidiana de una ciudad hostil
Para muchas mujeres, la ciudad no es simplemente un espacio funcional donde vivir, trabajar o desplazarse. Es también un territorio donde la experiencia cotidiana implica una carga adicional de inseguridad, precariedad espacial y responsabilidades invisibles.
Caminar de noche por una calle mal iluminada, esperar transporte público en paradas inseguras, atravesar trayectos largos entre el trabajo, la escuela de los hijos y el supermercado. Estas situaciones forman parte de la vida urbana diaria de millones de mujeres. No se trata solo de percepciones subjetivas, diferentes investigaciones han demostrado que las mujeres experimentan la ciudad de manera distinta a los hombres, debido a desigualdades estructurales relacionadas con el género, la distribución del trabajo de cuidados y la violencia urbana (Valdivia, 2026; Tapia Gómez, 2026).
Vivo con tres mujeres y veo todos los días lo difícil que es moverse en la ciudad. Sus recorridos requieren planificación: dónde ir, con quién, a qué hora, cómo evitar situaciones de riesgo. Una vez le pedí a mi hija adolescente que me esperara en la esquina de su clase de ballet; yo iba a buscarla en cinco minutos. Cuando llegué, estaba llorando. Me contó que hombres que pasaban por delante de la esquina le habían gritado de todo. La rabia y la impotencia me consumieron.
En esta ciudad, donde el acoso callejero no se penaliza y la educación sigue siendo de las peores de la región, entendí que nunca más podría exponerla a eso. Sumado a esto, las veredas son precarias y angostas, no existen actividades que atraigan peatones y el transporte público es denigrante. He perdido tiempo, energía y tranquilidad acompañando a mi hija, y al final cuando creció, terminé endeudándome para comprarle un auto, porque era la única manera de protegerla.

Foto Anmistía Internacional Paraguay
La planificación urbana moderna, sin embargo, rara vez se diseñó teniendo en cuenta estas experiencias. Durante gran parte del siglo XX, las ciudades se organizaron alrededor de un modelo social específico: el trabajador masculino que se desplaza diariamente entre el hogar y el empleo. Este patrón condicionó un modelo de ciudad funcionalista abocado al asfalto y al transporte, que ignora las trayectorias más complejas y fragmentadas que caracterizan la vida cotidiana de muchas mujeres.
El urbanismo feminista surge precisamente como una respuesta a este problema. No propone simplemente añadir políticas de género al urbanismo tradicional, sino cuestionar los supuestos básicos sobre los que se han diseñado nuestras ciudades, quién las usa, cómo se habitan y qué actividades se consideran prioritarias.
Urbanismo feminista, reorganizar la ciudad alrededor de la vida cotidiana
El urbanismo feminista parte de un principio donde la ciudad debe sostener la vida cotidiana, no solo la actividad económica.
Esto implica reconocer que las mujeres suelen realizar trayectorias urbanas más complejas. Sus desplazamientos combinan trabajo, cuidados, compras, educación y salud. En consecuencia, dependen más del transporte público, de la proximidad urbana y de espacios públicos seguros.
Una de las referencias más influyentes es Jane Jacobs, quien en la década de 1960 criticó la planificación urbana funcionalista que separaba vivienda, trabajo y comercio. Jacobs observó que las ciudades vivas y seguras dependían de la diversidad de usos y de la presencia constante de personas en el espacio público, lo que ella denominó “eyes on the street”. Aunque su trabajo no se definía explícitamente como feminista, muchas urbanistas posteriores han señalado que su defensa de barrios caminables, calles activas y proximidad urbana coincide con principios centrales del urbanismo feminista.
Posteriormente, la historiadora urbana Dolores Hayden profundizó en la relación entre espacio urbano y organización social del cuidado. En su obra The Grand Domestic Revolution (1981), Hayden analizó cómo la arquitectura y la planificación urbana habían reforzado históricamente la división sexual del trabajo, confinando gran parte de las tareas domésticas y de cuidado al espacio privado del hogar. Frente a este modelo, propuso repensar la vivienda y los barrios para incorporar infraestructuras colectivas que redistribuyan las tareas domésticas y faciliten la vida cotidiana.
Desde esta perspectiva, la planificación urbana debería priorizar:
- proximidad entre vivienda, servicios y empleo
- movilidad peatonal y transporte público eficiente
- espacios públicos activos y bien iluminados
- infraestructuras de cuidado accesibles
Más que diseñar ciudades “para mujeres”, se trata de construir ciudades capaces de sostener la diversidad de la vida cotidiana.
Paraguay: avances institucionales, escasa transformación urbana
En Paraguay existen algunos avances institucionales en políticas de igualdad de género. El IV Plan Nacional de Igualdad y la Estrategia Estadística de Género 2021-2025 buscan visibilizar las brechas existentes entre hombres y mujeres y orientar políticas públicas basadas en datos.
Asimismo, programas como Ciudad Mujer han ampliado el acceso a servicios integrales de salud, justicia y capacitación laboral para miles de mujeres.
Sin embargo, estos avances institucionales aún tienen una traducción limitada en la planificación urbana.
Las ciudades paraguayas siguen respondiendo a un modelo urbano dominado por el automóvil, la expansión periférica y la infraestructura vial. Las inversiones públicas continúan orientándose principalmente a autopistas y corredores logísticos, mientras la infraestructura peatonal, el transporte público y los espacios comunitarios permanecen deficitarios.
Esta contradicción es particularmente relevante si se considera que, en muchas ciudades del país, las mujeres dependen en mayor medida de desplazamientos a pie o del transporte público para realizar sus actividades cotidianas. (INE 2022)
Veredas deterioradas, escasa iluminación y paradas de transporte inseguras son elementos que condicionan directamente su experiencia urbana.
Conservadurismo político y resistencia al urbanismo del cuidado
La implementación de políticas urbanas con perspectiva de género enfrenta además resistencias políticas.
En diversos contextos latinoamericanos, el avance de agendas feministas ha coincidido con una reacción conservadora que cuestiona la necesidad de incorporar estas perspectivas en el diseño urbano. Este clima político puede traducirse en una menor prioridad para políticas orientadas al cuidado urbano, como la ampliación de espacios públicos, redistribución del espacio vial, redes de equipamientos de proximidad o inversión en transporte público.
Las mujeres han evolucionado en su rol, sus expectativas y su forma de habitar la ciudad han cambiado. Buscan independencia, seguridad y entornos urbanos que les permitan desarrollar plenamente su vida cotidiana. Sin embargo, muchos hombres no han acompañado estos cambios; reaccionan con desconfianza, miedo o agresión, y a veces todo lo atribuyen a “avances del globalismo” o “amenazas externas”, sin comprender que las sociedades evolucionan y que la ciudad debe evolucionar con ellas.
Por ejemplo, históricamente, las cocinas estaban separadas y relegadas, pensando que las mujeres debían trabajar aisladas en la casa. Con el tiempo, se integraron al comedor y la sala, generando espacios más democráticos y colaborativos. El urbanismo feminista busca lo mismo, integrar los espacios urbanos para que la ciudad colabore con la vida cotidiana, no la limite.
Especulación, vivienda, ciudad y descenso de la fecundidad
Otro fenómeno relevante en muchas sociedades urbanas contemporáneas es el descenso de la fecundidad.
El descenso de la fecundidad en Paraguay es un fenómeno sostenido en las últimas décadas. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la tasa global de fecundidad pasó de más de 6 hijos por mujer en la década de 1950 a alrededor de 2,3 hijos por mujer en 2024, acercándose progresivamente al nivel de reemplazo generacional.
Las proyecciones demográficas indican que esta tendencia continuará. Para 2030 se estima una fecundidad cercana a 1,8 hijos por mujer, lo que implicaría una transformación significativa en la estructura demográfica del país y un proceso gradual de envejecimiento poblacional.
Estas condiciones afectan especialmente a las generaciones jóvenes que buscan formar un hogar independiente. En muchos casos, el acceso a crédito hipotecario también se ve limitado por la informalidad laboral, que afecta aproximadamente al 70 % de los trabajadores, dificultando demostrar ingresos estables para financiar una vivienda.
En este contexto, el urbanismo adquiere un papel relevante en las decisiones reproductivas. Cuando la vivienda es cara, pequeña o está situada en entornos urbanos con escasa infraestructura de cuidado, como transporte público deficiente, largas distancias entre servicios o espacios públicos inseguros, tener hijos implica mayores costos económicos y logísticos.
La ciudad, entonces, deja de ser un soporte para la vida cotidiana y puede convertirse en un factor que desalienta la maternidad. El descenso de la fecundidad no puede interpretarse únicamente como resultado de cambios culturales o decisiones individuales, refleja las condiciones materiales en las que se desarrolla la vida urbana.
El urbanismo feminista no es un lujo ni una teoría abstracta; es una necesidad concreta para construir ciudades habitables. La evidencia muestra que las mujeres experimentan la ciudad de manera distinta, enfrentando inseguridad, trayectorias fragmentadas y responsabilidades invisibles que el urbanismo tradicional ignora. En Paraguay, aunque existen avances institucionales la infraestructura urbana sigue priorizando el automóvil, la especulación inmobiliaria y el consumo privado, dejando de lado la proximidad, la seguridad y los espacios de cuidado que sostienen la vida cotidiana.
Solo una ciudad diseñada para sostener la vida de todas las personas puede revertir los efectos del conservadurismo, la especulación inmobiliaria y la violencia urbana. La justicia urbana requiere reconocer la interdependencia entre género, vivienda, movilidad y cuidados, y actuar para que la ciudad deje de ser un espacio hostil y se convierta en un soporte real de la vida, la seguridad y la reproducción social.
En definitiva, no habrá ciudades sostenibles ni sociedades estables si seguimos ignorando la experiencia de las mujeres. El urbanismo feminista no solo es un enfoque de género, es una estrategia de supervivencia de toda la sociedad, una hoja de ruta para que las ciudades no solo funcionen, sino que permitan que la vida florezca.
Arq. Nicolás Morales Saravia
Arquitecto y Docente FADA UNA
Magister en E.S.U.
Consultor en Construcciones Sostenibles PYGBC
Diplomado en Urbanismo y Medio Ambiente (USAL)
Dimplomado en Patologías por Arquimétodo.
Miembro del Colegio de Arquitectos del Paraguay.
@bioconsarquitectos






