El patrimonio y muy especialmente en el caso de las edificaciones consideradas patrimoniales, son legados de nuestros antepasados que constituyen nuestra herencia como bienes culturales, edificaciones que además de haber cumplido su función para la cual fueron concebidas, cumplen hoy, el muy importante rol de dar identidad, ligado muy íntimamente con nuestro propio pasado cultural, a través de un significado representativo del paso del tiempo y del hombre, que se fueron forjando a consecuencia y voluntad de su entorno.

En el caso Encarnación, es preciso aclarar que se define al Silo y el Molino como patrimonio cultural de la ciudad, y es obligación de la comuna y los profesionales atender las consecuentes consideraciones que se deben, para su correcta intervención, sea ésta de conservación, restauración o refuncionalización, a la cual serán objeto.

Ésta intervención no debe ni puede considerarse como una proyectación normal de arquitectura. Si bien el espacio, la espacialidad y los elementos arquitectónicos que pudieran agregarse serán válidos en mayor o menor medida, éstos no deben de anteponerse a la representatividad del Patrimonio Arquitectónico, pues no debe de ser un mero reciclaje de la arquitectura de la Encarnación de antaño.

Aunque es cierto que la edificación es obsoleta funcionalmente, no quiere decir que cualquier uso será adecuado para ser aplicado en éste caso. Es preciso encontrar y aplicar uno que sea compatible con las características tipológicas y espaciales de éstos edificios, ya que está demás decir que solo conservar sin reutilizar un edificio se vuelve inviable o insostenible social y económicamente.

Debo ser tajante en un aspecto, no debemos permitir que la intervención cambie su fin principal o primordial, (que es el rescate del bien patrimonial degradado), en un sencillo pretexto para proyectos que bien pueden ser aplicables a otros sitios y otros contextos, y que nada tienen que ver con la comunicación arquitectónica de las edificaciones y su entorno, sobreponiendo a veces espacios y funciones nuevas que no terminan de integrarse con el objeto patrimonial, sino que lo cubren o lo mutilan, sin siquiera conservar la memoria del lugar o de la construcción en sí misma.

Paradójicamente habla un dicho que “miramos atrás a la historia y a la tradición para poder avanzar”, y es plenamente aplicable en ésta ocasión. Ésta “casi isla” encarnacena, quersoneso griego, de mucha historia y pocos narradores, cuenta con estos excelentes oradores en el centro mismo del escenario, y es necesaria una intervención que encienda las luces a su acto principal.

No existe un inicio o un fin, o una mesura de cuanto o como intervenir, existen apenas recomendaciones y leyes que definen éstas operaciones dificultosamente y a grandes rasgos. Pero tampoco debemos consentir, que esos objetos que se yerguen como testigos de la transformación de la ciudad, sean ocultas detrás de otras obras, tal vez con buena arquitectura o tal vez no, pero que nada tiene que ver con el fenómeno de comunicación que éstos bienes culturales transmiten y representan.
La identidad de un lugar no proviene de convenir una, a la hora de proyectar el sitio, tanto la arquitectura como la urbe son objetos que no se complementan en sí mismos, por lo menos no para definirse por sí solos, sino que necesitan de un contexto, que la reconozca, comparándola o confrontándola con el resto del conocimiento cultural. Por lo que es altamente necesaria su caracterización para poder preservarla.

En síntesis el valor histórico arquitectónico no debe de disgregarse de los valores sociales, económicos, culturales y urbanos, ya que representarían una pérdida del genius loci, y por consiguiente de su identidad.

Es simplemente imposible calificar a una intervención como restauración, conservación o valorización, si el proyecto no respeta, valora y expande totalmente las características de los objetos a restaurar y por sobre todo de la idea que lo ha originado inicialmente y de aquella que se quiere transmitir.

Cada intervención sobre el patrimonio, sin diferenciar entre industrial, clásico, urbano, etc. se debe como un acto profundísimo de respeto, porque tenemos la obligación moral y civil de poder dar a conocer la historia a nuestros hijos a través de lo que proyectamos (arquitectura nueva) y aquellas que restauramos (el bien patrimonial o arquitectura antigua).
Una intervención que no respeta ésta instancia, que mutila, cubre y se alza por sobre el patrimonio (relegándola arquitectónicamente), no respeta la historia y no contribuye a conservar la memoria de Encarnación y simplemente no se puede considerar una intervención de “Restauro”, ya que pretende reflejar su propia existencia antes que la memoria verdaderamente viva de la ciudad.

Y en ese argumento la playa San José, sin el silo o el molino que le dio su nombre o con un fondo que robe su protagonismo a través de la espectacularidad de una nueva arquitectura, perdería lo que lo hace único, lo que lo hace nuestro y se volvería una más de las tantas playas a lo largo y ancho de cualquier río de nuestro país, lugares que no cuentan con lo que nosotros si tenemos, en definitiva, una historia que contar.

Arquitecto César Eder Aquino
Maestrando en Conservación y Restauración de los Bienes Culturales
En la escuela de alta formación CO.RE en Italia

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