Cuando el color de una fachada oculta el verdadero problema de Asunción


Durante la última semana, se generó un debate sobre una intervención cromática de una vivienda del Centro Histórico de Asunción. Para algunos, la fachada representa una apropiación contemporánea legítima de un edificio vivo; para otros, constituye una alteración de la lectura histórica del patrimonio arquitectónico. Ambas posiciones contienen una parte de verdad, sin embargo, el debate ha tendido a concentrarse en la apariencia de una fachada y no en el problema de fondo, como la ausencia de una política urbana y patrimonial capaz de ordenar, fiscalizar y proyectar el crecimiento y transformación de Asunción con criterios técnicos y sostenidos en el tiempo.

La polémica revela una tensión mal planteada, por un lado, existe el derecho de una comunidad a resignificar un edificio vivo y a expresar, mediante él, una identidad contemporánea. Por otro, existe la obligación de preservar la memoria material, urbana y simbólica de un bien que forma parte del patrimonio colectivo. El error aparece cuando el debate se formula como una elección excluyente entre autenticidad y uso, como si ambas dimensiones fueran incompatibles. En realidad, la conservación patrimonial exige equilibrar las dos, como la permanencia de los valores históricos y la continuidad social del edificio en la ciudad.

Como bien citan sus defensoras, el documento de Nara amplió el concepto de autenticidad más allá de la mera materialidad, incorporando valores culturales, usos, tradiciones, espíritu y sentimiento del lugar. Pero esa ampliación no vuelve irrelevante la arquitectura ni la ciudad construida; al contrario, obliga a comprender que el patrimonio no es solo una fachada ni una imagen aislada, sino un sistema de relaciones entre forma, uso, memoria y contexto urbano. En ese sentido, reducir el patrimonio al color de una pared es tan problemático como reducirlo únicamente a la nostalgia por su estado original.

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Podemos caricaturizar el debate para tomar una postura extrema, como el ejemplo de colorear todo el Centro Histórico con criterios puramente individuales, o dejar que cada edificio se vuelva una pieza inmutable petrificada, como ocurre en tantos paisajes suburbanos homogéneos. Ambos extremos resultan pobres. La ciudad necesita diversidad, pero también reglas; renovación, pero también continuidad; libertad de uso, pero también proyecto colectivo.

 

El problema no es que existan ambas miradas, el problema es que una discusión de ese tipo termine ocultando lo importante: ¿quién decide sobre la ciudad, con qué criterios y para qué futuro?

La ausencia de un proyecto de ciudad

El verdadero drama patrimonial de Asunción no está en una fachada intervenida, sino en un proceso mucho más profundo de deterioro urbano. La ciudad ha crecido durante décadas con excepciones, modificaciones normativas, vacíos de control y una lógica de improvisación que ha fragmentado su estructura física y simbólica. Veredas intransitables y anárquicas, perfiles manzaneros desconectados, alturas edilicias desatinadas, cartelería invasiva, estacionamientos que reemplazan frentes activos y edificios que emergen donde la infraestructura no alcanza, y otros que colapsan, por la ausencia de normativas básicas, a falta de investigación e inversión.

Para muestra un botón, nuestra obra pública:

En una ciudad así, la discusión sobre un color puede terminar funcionando como una distracción conveniente. Mientras el debate público se concentra en una obra puntual, continúan invisibles decisiones que sí modifican de manera irreversible la imagen urbana, como demoliciones, modificaciones de altura, ocupación informal del espacio público, abandono de inmuebles históricos y especulación inmobiliaria sobre predios estratégicos. El problema, entonces, no es estético, es político y de gestión.

Kevin Lynch sostenía que la identidad de la ciudad depende de su legibilidad, es decir, de la capacidad de sus habitantes para reconocer sendas, bordes, barrios, nodos e hitos. Cuando esos elementos se debilitan, la ciudad se vuelve confusa, anónima y difícil de habitar mentalmente. Asunción presenta justamente esa condición, una trama urbana donde la continuidad se ha roto y donde cada intervención aislada puede sumar una nueva capa de ruido a un territorio ya saturado.

Paradójicamente, el verdadero riesgo para Asunción no es que una fachada sea demasiado colorida, sino que la ciudad termine pareciéndose cada vez más a cualquier otra. Koolhaas advertía que la ciudad genérica no nace del exceso de identidad, sino justamente de su desaparición. Cuando el crecimiento responde únicamente a decisiones fragmentadas, sin un proyecto común, la ciudad pierde aquello que la hacía reconocible.

Sin Estado no hay patrimonio

La conservación patrimonial no puede descansar en la buena voluntad de propietarios, funcionarios o polemistas de redes sociales. Necesita instituciones, normas claras, fiscalización efectiva y una visión de ciudad que supere la reacción coyuntural. Las cartas internacionales sobre patrimonio no fueron concebidas para imponer una estética cerrada, sino para establecer métodos, es necesario investigar antes de intervenir, comprender el valor del bien, justificar técnicamente cada decisión y minimizar el daño cuando la transformación sea inevitable. Y mientras nada se define, la memoria se diluye.

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La discusión sobre esta fachada coloreada debería acentuar la necesidad de una política pública más amplia para el Centro Histórico y para toda Asunción, la Ley 5621-2016 del Patrimonio Cultural denota obsolencia. Tampoco basta con hablar de incentivos fiscales al CHA, si no existen transporte público eficiente, vivienda asequible, equipamientos culturales, espacio público de calidad y una estrategia activa de reutilización adaptativa de inmuebles patrimoniales. La experiencia urbana demuestra que los centros históricos no se recuperan únicamente por rebajas tributarias; se revitalizan cuando se ponen multas al abandono, y vuelven a ser lugares deseables para vivir, caminar, estudiar, trabajar y encontrarse.

La ausencia de una institucionalidad fuerte también produce polarización, el patrimonio queda atrapado entre extremos. O se lo congela como si fuera una pieza de museo, o se lo entrega por completo a la arbitrariedad del mercado y del gusto individual. Ninguno de esos caminos construye ciudad.

Asunción no necesita más polémicas aisladas sobre el color de una fachada. Necesita una política urbana y patrimonial consistente, con capacidad de renovar y ordenar el crecimiento, proteger la memoria construida y hacer legible la ciudad para quienes la habitan. Lo que Asunción está perdiendo no es solo patrimonio edilicio, está perdiendo legibilidad, continuidad morfológica, calidad del espacio público y capacidad de reconocerse a sí misma.

Cuando no existe un proyecto urbano compartido, cada intervención termina discutiéndose como un caso aislado. El color de una fachada, la demolición de un edificio, una excepción urbanística o una pantalla LED pasan a evaluarse según opiniones personales, afinidades políticas o sensibilidades estéticas.

El patrimonio no se protege solo conservando muros, se protege sosteniendo una idea de ciudad. Y hoy el desafío de Asunción no es decidir únicamente qué color puede tener una fachada, sino impedir que la ciudad siga perdiendo, en silencio, su forma, su memoria y su identidad.

Arq. Nicolás Morales Saravia
Arquitecto y Docente FADA UNA
Magister en E.S.U.
Consultor en Construcciones Sostenibles PYGBC
Diplomado en Urbanismo y Medio Ambiente (USAL)
Dimplomado en Patologías por Arquimétodo.
Miembro del Colegio de Arquitectos del Paraguay.
@bioconsarquitectos